Fútbol

El Barça hace historia en Roma

“La final soñada”, “el duelo entre Messi y Cristiano Ronaldo” y muchas otras peroratas mediáticas más tuvimos que soportar en las horas previas de lo que aparentaba ser EL duelo futbolístico del año. Pero no por la presencia de los considerados mejores jugadores del mundo, sino simplemente por tratarse de un duelo entre dos auténticos equipazos.

Dos conjuntos que, a lo largo de la temporada y tanto en Europa como en sus propias ligas, demostraron ser los mejores del continente y, quien sabe, del mundo. El Olímpico de Roma iba a ser el testigo privilegiado de una de las finales de Champions League más impactantes de los últimos tiempos. Por suerte, los protagonistas -Fútbol Club Barcelona y Manchester United- estuvieron a la altura de las circunstancias.

El Manchester United, que llegaba a la final ni más ni menos que para defender su corona, comenzó el partido a un ritmo arrollador. Su fútbol directo, eficaz, ofensivo y vertical tuvo su momento cúlmine en los primeros diez minutos del cotejo. Cristiano Ronaldo -gran encuentro del luso en el inicio- golpeaba a una defensa armada de apuros y más de uno se sorprendió cuando fue el Barça quien se puso al frente con un gol de Eto’o. Es sabido que no siempre la acumulación de oportunidades conduce al tanto y si no que se lo pregunten a los mancunianos, que a la primera de cambio tuvieron que ir a buscar el balón al fondo de las mallas.

Ese gol inicial traspapeló el ritmo del partido inequívocamente. El Manchester sintió fuertemente el impacto y, evidentemente, nunca pudo superar ese mazazo anímico. Allí se agigantó la figura de un Xavi, que con su típica conducción se encargó de marcarle el ritmo al cotejo que a él le interesaba: el del toque, la posesión y la profunidad en los momentos indicados. Pero no solamente el elegido MVP de la final fue el destacado en este encuentro: enorme el cuarteto defensivo para contrarrestar el ataque de los de Ferguson, tremendos Iniesta, Busquets y, por supuesto, Lionel Messi. El argentino le ganó el mentado duelo a su colega portugués y, para coronarlo, selló el destino del juego con un gran gol de cabeza más cercano al estilo de un delantero centro inglés circa “kick and rush” que de un chaval de su estatura.

Fue 2-0 e incluso la diferencia pudo ser superior. El Barça le dio una lección futbolística a un rival que llegaba más entero a la final y con la sensación de ser un bloque colectivo más fuerte que el del talento individual blaugrana. Mención aparte para Pep Guardiola: en su primera temporada como entrenador, consiguió lo que ningún otro míster logró en el fútbol español, el ansiado triplete. Liga, Copa del Rey y ahora Champions League. Un trebol que difícilmente olvide la parcialidad “culé” y que no hizo más que premiar a un justísimo campeón. Como si de un videojuego se tratara, en la final lo esperaba el “monstruo” más temido, el equipo a derrotar, el más en forma y el más competitivo. Y lo derrotó sin discusiones, como para que no quede ningún tipo de dudas de quien fue el mejor de esta temporada. Historia pura fue lo que se vivió sobre el césped del Olímpico de Roma.